Ardo en deseos de dejarte entrar hasta el fondo. Quiero que irrumpas en mi vida, pero no para mirar lo que hay o lo que hubo, sino para participar, para cambiar, para proponer. Tengo ganas de dártelo todo, mi amor, de abrir todas mis habitaciones, todos mis armarios y baúles. Una vez más, me entrego sin reservarme nada, sin guardar la ropa.
Pero ahora conozco muy bien los riesgos de comportarme así, cariño. Ahora sé lo que me juego en este envite. Eres adorable y, con seguridad, cada vez lo serás más. Cada día me gustarás más, querré más de ti, te daré más, y más, y más... Y es posible que, de nuevo, empiece a diluirme en ti. Por agradarte, por verte feliz, por disfrutar de tu sonrisa, quizá me olvide de mí mismo. No me daré cuenta, creeré siempre que decido yo, sin interferencias, pero estaré perdiendo terreno hacia ti, día tras día, hasta que mi vida sólo sea un eco. Quizá.
Eres fuerte, mucho más que yo. Me gusta tu fortaleza, tu nobleza, tu estilo. Me gustas tanto que quiero gritar. Estoy a punto de dejarte entrar a saco en mi vida, en mi casa. Me asusta, porque me gustarán los cambios que introduzcas, y querré más. Te quiero dentro, te necesito activa, estimulante, viva. Pero si dejo de ser yo, si me mimetizo contigo, terminaré por ahogarme y necesitaré separarme de ti para sobrevivir. No quiero dejar de ser uno porque seamos dos.
Estoy listo.
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